En el año 2007 Matthieu Ricard fue declarado el hombre más feliz del mundo. Monje budista de origen francés, su formación le llevó a una brillante carrera como biólogo. Sin embargo, en 1972 abandona todo e ingresa en un monasterio de monjes budistas contemplativos. Actualmente es el asesor personal del Dalai Lama.
Científicos del la Universidad de Wisconsin estudiaron durante años el cerebro de Ricard. Fue sometido a constantes resonancias magnéticas nucleares, en sesiones de hasta tres horas de duración mientras hacía meditación. Su cerebro fue conectado a 256 sensores para detectar sus niveles de estrés, irritabilidad, enfado, placer, satisfacción y así con decenas de sensaciones diferentes.
Los trabajos sobre felicidad del profesor Richard J. Davidson, del laboratorio de Neurociencia Afectiva del la Universidad de Wisconsin, se basan en el descubrimiento de que la mente está en constante evolución, y por lo tanto, es moldeable.
Uno de los datos más interesantes es que al meditar se activa y desarrolla el área responsable de la compasión, se reduce la actividad del área asociada a la depresión y también la actividad de la amígdala, encargada de emociones como el miedo y la ira. Y estos cambios son perdurables al salir del estado de meditación, se mantienen en el tiempo.
La compasión es el deseo profundo de que el otro deje de sufrir y hacer algo para que esto ocurra. Aquí y ahora. Es el sentimiento que alberga los abrazos reconfortantes más intensos. Y es inherente al ser humano.
Es común escuchar la muy cuestionable frase de “los niños son crueles”... sin embargo nos olvidamos de decir que, sobre todas las cosas, los niños sanos son pura compasión, sienten radicalmente con el otro y buscan aliviar su dolor.
Nacemos conociendo el secreto de la felicidad…permeables a la emoción, con una carga genética destinada a forjar alianzas de empatía y compasión, por supervivencia o por puro altruismo.
Desaprendemos con los años… y la meditación parece ser un vehículo apropiado para reencontrarnos con esta extraordinaria capacidad.
Y es que ya lo dice la neurociencia…


