Palabras de amor

Escribir sobre el amor es atrevido. Ya se ha escrito tanto que supongo que se ha escrito todo… Sólo quiero dibujar una idea: el amor no es romántico, no es filial, no es amistad… el amor es universal, con todo un crisol de posibilidades.

El que sabe querer y dejarse querer, va dejando tras de si algo similar al polvo de hadas de Campanilla que describió James Matthew Barrie, que toca  y hechiza, convirtiendo a su paso a personas anónimas en amados amigos, amados amantes, amados amores…

Es la savia del mundo.

El amor en forma de amistad, que especia la vida con los sabores y colores de cada una de las personas que dejamos que nos acaricien por dentro.

El amor por quien duerme a tu lado, que te conecta con tu propia sangre, mezcla la carne y la sal de la tierra, se hace piel y refugio.

El de la familia, que te construye y te mantiene a flote en las tormentas.

El amor es saber que escucharás algo así…

“¿Crees que me alejaré de tu lado?

Me conoces mejor que eso…

¿Crees que te abandonaré cuando estés de rodillas?

No haría eso…

Te haré bien cuando estés mal

Cuando tengas frío, estaré ahí para abrazarte fuerte contra mi,

cuando estés fuera y no puedas entrar, te enseñaré,

eres mejor de lo que crees…

Cuando te pierdas, cuando estés solo y no puedas regresar,

te encontraré y te traeré de vuelta a casa…”

“By your side” Sade

A todos mis amores

 

Culpa y redención

Culturalmente somos hijos del castigo, la represión, la culpabilidad y el dolor merecido… germinamos en este campo de cultivo que ha servido y sirve para achicarnos como seres florecientes que somos.

Cuando se utiliza una emoción o un sentimiento como arma de manipulación, desvirtuamos completamente su función filogenética y biológica… una función que ha sido distorsionada, sobredimensionada y explotada por los que han querido someter al hombre a través de lo más humano que existe: los errores.

En contraposición a esto, se abren paso ideas redentoras que se materializan en frases como “es absurdo darle vueltas a eso… ya pasó”… “estuvo mal, si… pero es el pasado” y que nos instan al “autoperdón expres”, sin reflexión, y lo que es más peligroso, al olvido.

Todas las emociones tienen una función: a estas alturas ya sabemos que nuestro cerebro no genera emociones por amor a la diversidad, sino con una función adaptativa… Quizá la cicatriz de una herida me recuerde por dónde no he de volver a pasar, ni de qué modo…

Puede que el remordimiento tenga su hueco en nuestras vidas. Porque los errores existen y en muchas ocasiones lo hemos hecho rematadamente mal. Y lo peor, no lo hemos arreglado…

Puede que deba existir, si, pero… en qué dosis? Qué cantidad es la justa para no estropear la fórmula maestra que nos conjuga como seres crecientes y no aniquilados…?

Cada uno ha de buscar su receta mágica, pero quizás debamos reservar el verdadero remordimiento para ocasiones especiales e importantes, como el buen vino… y no malgastarlo con menudencias pasajeras de la vida.

Kathryn Schulz nos plantea esta perspectiva: nos habla del remordimiento desde un prisma mucho más humanista de lo que lo hace la tradición judeocristiana.

Plantea la necesidad de vivir integrando el remordimiento en nuestra vida, y lo define como el sentimiento experimentado al pensar que nuestra situación actual podría ser mejor o más feliz si hubiésemos hecho algo diferente en el pasado”

“Si tenemos metas y sueños, y si amamos a las personas y no queremos perderlas o lastimarlas, hemos de sentir dolor cuando actuamos mal.

La cuestión no es vivir sin ningún remordimiento. La cuestión es no odiarnos por tenerlos.

Necesitamos aprender a amar lo defectuoso, las cosas imperfectas que creamos y perdonarnos por crearlas.

El arrepentimiento no nos recuerda lo que hicimos mal…

Nos recuerda que podemos hacerlo mejor.”

Kathryn Schulz